A Andrea, Alma y Ana.
Muy lejos de allí, una chica de dieciocho años se encontraba viviendo una experiencia totalmente nueva para ella. Estaba en un pabellón de la ciudad donde estudiaba, asistiendo a su primer concierto de heavy-metal.
La principal razón de estar allí era no defraudar a sus dos amigas. Por la tarde se habían reunido las cuatro y tras haber pasado toda la tarde bebiendo y charlando de cotilleos de la residencia de estudiantes, a las siete y cuarto decidieron irse juntas al concierto.
Así que allí estaba. Lucía se sentía extremadamente rara entre aquel tipo de gente. Todos iban vestidos de negro y algunos iban pintados de forma un tanto extravagante. Ella también se había vestido concienzudamente para la ocasión: llevaba unos vaqueros, una camiseta negra y unas zapatillas de deporte también negras. Se había pintado un poco los ojos y daba la casualidad de que el día anterior se había pintado las uñas de negro. Así que parecía una más. O lo parecería a simple vista. Si uno se fijaba bien, descubría que su mirada no era triste como la de un “emo”, o extravagante como la de algunas personas de alrededor. No. Era más bien dulce y perdida. Perdida en una especie de nuevo mundo que le llamaba la atención pero a la vez le daba miedo.
Comenzó el concierto. Las cuatro chicas estaban entusiasmadas, aunque Lucía y Clara no tanto. Clara era su mejor amiga allí y realmente a ninguna de las dos le hacía especial ilusión ir a aquel concierto. Sin embargo las dos llevaban un día algo malo en el tema amoroso y necesitaban despejarse.
Las luces se encendían y apagaban alternativamente iluminando el escenario mientras los músicos (también de aspecto estrambótico) subían y se situaban en sus puestos tras coger sus instrumentos.
La música empezó a sonar y la gente empujaba para situarse lo más cerca posible del escenario. Lucía sonrió ante la ansiedad de la gente por acercarse, por ser los primeros. Se apartó un poco, dejando que pasaran por delante de ella.
- ¡Bienvenidos al infierno!
Vaya bienvenida. Lucía cada vez tenía más ganas de echar a correr, pero no podía hacerlo porque quedaría fatal con sus amigas. Así que se limitó a observar el escenario sin demasiado interés y cruzarse de brazos. La multitud se movía al ritmo loco de la música, disfrutando su momento. Sin embargo, Lucía se dio cuenta de que había alguien que no se movía como los demás. Lo extraño era que estaba en el centro de la multitud pero no se movía para nada y parecía que las personas de su alrededor ni siquiera lo rozaban.
Era un chaval extraño. Tenía el pelo rubio, largo y muy liso. Parecía alto, un poco más alto que Lucía quizás. Era como una sombra. Era como si no estuviese allí. Lucía sintió cómo un escalofrío recorrió toda su espalda y alcanzó su nuca. Cerró los ojos por un instante y justamente en el momento en el que los volvió a abrir se dio cuenta de que el chico estaba girando lentamente (muy lentamente) la cabeza para mirarla.
Sus ojos no eran marrones, tampoco negros. Tenían tonos dorados y rojos. Daban verdadero miedo. Entonces giró la cabeza y se fue en dirección opuesta a la de Lucía, sonriendo de manera enigmática.
Ella no se había dado cuenta de que la música se había detenido y de que ahora la concejala de juventud presentaba al segundo grupo.
- ¡Nena! ¿Qué te pasa?
Lucía se volvió y vio a Laura que la miraba entre divertida y preocupada.
- Nada, no es nada. ¿Vamos?
- ¡Vamos!
Se dirigieron hacia la multitud y se introdujeron en todo el mogollón de chicos y chicas de aspecto algo raro. El concierto estaba a punto de empezar. Todos parecían ansiosos porque lo hiciera. Unas chicas de delante se cogían las manos histéricas, tenían los ojos desorbitados y Lucía dedujo que estaban drogadas. Miró hacia el escenario en cuanto se apagaron las luces. Gritos y chillidos se escucharon por doquier. Los focos comenzaban a moverse. Los músicos empezaban a subir al escenario.
Pero no, no podía ser. Uno de los chicos que acababa de subir se parecía muchísimo al muchacho de antes. Espera, era él. ¡Era él! Lucía vio claramente cómo subía al escenario y cómo se situaba detrás de la batería. Él era músico. Tocaba la batería. Él… la estaba mirando con una media sonrisa muy sugerente. Lucía se puso nerviosa, se hizo la loca y se fijó en el cantante que acababa de subir al escenario. El chaval tendría su edad aproximadamente, tenía el pelo moreno y unos ojos oscuros y profundos que al mirar a cualquier chica haría que esta se derritiera. Comenzó a cantar con una voz profunda, era hechizante. Magnífico. Dos chicos atractivos, misteriosos y que daban miedo eran amigos y tocaban en un mismo grupo. Ambos conseguían que Lucía se estremeciera y tuviera unas ganas exageradas de echar a correr y huir lo más lejos posible de ellos.
Lucía respiró hondo y decidió que era mejor no fijarse en los demás miembros del grupo. Ya había tenido bastante por hoy. Sus amigas estaban disfrutando muchísimo y cantaban las canciones con el cantante. Pasaron así un buen rato, el grupo tocando y sus fans enloquecidos. Cuando terminó, la gente se apelotonaba por alcanzar cuanto antes a la salida de los camerinos de los miembros del grupo. Lucía y sus amigas optaron por volver a la residencia de estudiantes.
Llegaron bastante tarde, se despidieron en el pasillo tras darse las buenas noches. Lucía estaba aturdida. El chico de la batería era como un imán: la atraía y repelía de manera constante. Aquella sonrisa de chico malo le encantaba pero su mirada le daba verdadero pánico. Se puso el pijama y se tiró en la cama con la luz apagada. Todo le daba vueltas. Le dolía muchísimo la cabeza y no dejaba de pensar en aquel chico y su amigo, el cantante. Eran fascinantes.
Sin darse cuenta, Lucía se quedó dormida profundamente, estaba agotada.
Cuando despertó, estaba atardeciendo. Se había pasado casi un día entero durmiendo. Se asomó a la ventana. Hacía frío y una brisa marina agitaba las ramas de los árboles del parque. Algunas nubes luchaban por ocultar el Sol que tenía un tono anaranjado, tiñendo el cielo de dorado.
Pero algo no iba bien. Lucía sintió un escalofrío en la nuca. No podía ser. Se dio la vuelta y a pesar de que se le ocurrieron muchas cosas que hacer y muchas cosas que decir, cuando descubrió a quién tenía delante se quedo clavada en el suelo y no pudo articular palabra.
NOTA DE LA AUTORA: Escribí esto hace muchísimo tiempo, más de un año ya, pero me ha dado una buena idea para enlazar la historia que aquí se cuenta. Las tres personas a las que este capítulo está dedicado me acompañaron en la experiencia que me inspiró para escribirlo. Una de ellas, Alma, aún sigue en contacto conmigo y, de hecho, vivimos la mayor parte del año juntas. Otra, Andrea, fue mi mejor amiga y la quise con locura, compartiendo con ella miles de momentos geniales y algunos otros tristes; pero las dos cambiamos y nos dimos cuenta de que la bonita relación que un día nos unió ya no era posible. Y, por último, la tercera de estas personas, Ana, no es alguien a quien vea demasiado a menudo (de hecho, nos veremos una o dos veces al año como mucho), pero es alguien a quien quiero y con quien compartí también muchísimas cosas, entre ellas largas charlas sobre chicos (cómo no) y grandes momentos como la primera vez que me lié un cigarrillo; fue importante, y con eso basta.
Deseaba aclarar esto a los lectores, gracias.
¿Qué tomaste, colega?Ibas más colgá que el hombre araña.Ya me contarás.......
ResponderEliminarJaaaaaaaaaaajajajajajaja... Es que estuve el año pasado en un concierto de Heavy (creo que te lo conté) y cuando volví a la resi me dio una paranoia alucinante. Parte de ella está plasmada aquí.
ResponderEliminar^-^
ESpero que sólo sea parte, lo del concierto me lo contaste, el resto........
ResponderEliminarLo del concierto es, efectivamente, la única parte real y biográfica de este capítulo. No recuerdo exactamente si existían los personajes descritos. Ya sabes, la imaginación me juega a veces malas pasadas... =P
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