El chico de la batería del concierto de la noche anterior estaba frente a ella, mirándola desde aquellos misteriosos ojos amarillentos.
- ¿Quién eres? –preguntó Lucía, aún sorprendida.
- Sabes quién soy –contestó él sin más.
Lucía calló, observándolo. Llevaba la misma ropa que la noche anterior, en el concierto. Sin embargo, esta vez llevaba el cabello rubio ceniza recogido con una cinta sobre la nuca. Y aquellos ojos que la confundían tanto la observaban atentamente. Fascinación, odio, fascinación, odio. No había sentido cosa igual en su vida.
- ¿Por qué has venido?
- Lo sabes de sobra –contestó él con una sonrisa siniestra -. ¿Por qué me preguntas cosas tan obvias?
Lucía se respondió a sí misma que necesitaba confirmarlo para poder creérselo. Sin embargo, aquel individuo no iba a llevar a cabo su propósito. Ella estaba protegida.
- Ella me salvará. No puedes hacerme daño. Ella me protege y no puedes cambiar eso –dijo Lucía con algo de orgullo, aunque sabía que si ella no estaba allí ya, era que no llegaría a tiempo para evitar el destino de Lucía.
- Desde luego que puedo cambiarlo. De hecho, hay algo que quiero enseñarte. Observa.
Y, haciendo un gesto con su mano, creó de la nada un elipse en cuyo interior se veía a una chica pelirroja, de cabello largo y rizado. Se debatía entre la vida y la muerte y estaba atada con unas cuerdas que quemaban su piel como si fuera ácido. Parecía sumida en un sueño poblado por sus peores pesadillas y se revolvía inquieta en su lecho de muerte. Lucía ahogó un sollozo y se llevó las manos a la boca para no gritar.
Aquella chica era su protectora. Su nombre era Elhaiel y la estaban haciendo sufrir, afectando así a la propia Lucía, pues había una conexión muy profunda entre un protector y su protegido. Ésta apartó la mirada de la elipse para mirar al individuo que había creado aquella especie de ventana que le mostraba aquellas imágenes de dolor. Aquel que había apresado a su protectora y le estaba infligiendo un daño terrible. Aquel que estaba allí para matarla a ella misma. Aquel que ahora la observaba con una expresión de despiadada diversión. Lucía lo miró con todo el odio que fue capaz de expresar. Pero, al encontrarse con la mirada de él, sintió cómo sus ojos ambarinos y rojizos se le clavaban como puñales. Se acercó más a ella. La elipse ya se había desvanecido durante el cruce de miradas. Lucía se estremeció al comprobar que no podía apartar la vista de los ojos de aquel chaval que lentamente se aproximaba hacia ella para matarla. No quería morir. No debía morir.
- ¿Tienes miedo? –le susurró él al oído, poniéndola aún más nerviosa, y Lucía no pudo evitar estremecerse ante el tono que el chaval había empleado para dirigirse a ella. Aún sentía su aliento cálido como el fuego en su cuello.
- No. No temo a la muerte –respondió ella intentando reponerse-. No temo a esta muerte porque no la merezco.
Él la miró de manera distinta a la de antes. Ahora su mirada denotaba ¿respeto? Debía haberlo imaginado, pensó Lucía sacudiendo la cabeza, liberándose al fin del contacto con aquella mirada mortífera. ¿Por qué la iba a mirar con respeto? Ella simplemente había sido sincera y eso no era algo que pudiera amedrentar a semejante individuo. Se quedó mirando al suelo. Deseaba más que antes echar a correr, pero seguía estando acorralada.
- Ésa ha sido una buena respuesta –comentó el individuo-. Pero te equivocas. Tienes que morir.
Lucía no lo podía ver porque seguía con la mirada clavada en el suelo, pero intuyó que estaba sonriendo por el tono de sus palabras. Se sentía tan indefensa e impotente… No podía hacer nada por defenderse de aquel chico, que de lejos parecía tan inofensivo. Sin embargo, en cuanto uno se acercaba a él, percibía el aura oscura, misteriosa y amenazadora que lo envolvía.
- ¿Por qué tengo que morir? No he hecho nada malo a nadie. No te conozco. Déjame en paz –dijo Lucía casi suplicando-. Vete. Déjame.
Lucía no pudo evitar que las lágrimas resbalaran desde sus ojos azules.
- Sabes por qué estoy aquí. Al igual que sabes por qué tengo que matarte. No te convenzas a ti misma de lo contrario. Entiendes todo esto perfectamente. No me dificultes el trabajo.
- Pero es que esto no es justo. Yo no me puedo defender. Eres un cobarde –escupió, con los ojos aún húmedos.
El chaval se quedó observándola sorprendido, pero, aún así, no dejó de mirarla divertido. Lucía estaba consternada. Sentía que él estaba jugando con ella y que debía acabar con aquello cuanto antes. Pero no podía dejar de pensar que morir de aquella manera no podía ser justo. Él tenía la posibilidad de matarla con apenas un rápido gesto de su mano para coger la espada que colgaba a su espalda, apenas perceptible; y ella, sin embargo, no podía hacer nada para evitarlo. Porque no sabía utilizar la fuerza que había en su interior. Maldijo en voz baja que el aprendizaje de los dones fuera algo tan lento.
Ella había sido una de los Elegidos. Había en el mundo personas que tenían unos dones, unas cualidades especiales. Aquellos dones les permitían realizar grandes obras, hacer cosas importantes, modificando el curso que seguía la vida entera del planeta. Eran algo único, muy escaso y, por ello, algo excepcional y muy especial. Y Lucía lo poseía, pero no sabía aún como utilizar aquella fuerza que se arremolinaba en su interior como un torbellino de energía esperando a ser canalizada hacia aquello a lo que estaba destinada.
Y había también gente que estaba destinada y preparada para acabar con ellos. Para destruirlos sin piedad y evitar que mejorasen el mundo en que vivían. Aquellos que se llamaban a sí mismo los Enviados. Eran normalmente gente joven, como los Elegidos, que habían sido entrenados muy duramente para matar sin piedad, para acabar con todo aquello que aportara paz y sentido (o coherencia) al mundo. Los Enviados, al contrario que los Elegidos, no nacían con ningún don especial y eran ellos mismos los que eran llamados por los Líderes, seres análogos a los Superiores de los protectores de los Elegidos. Una vez se recibía la llamada, el individuo decidía si la seguía o no. Era una decisión propia. Si la persona aceptaba participar de aquello, inmediatamente se le insertaba en la mente un odio y un rencor infinitos hacia aquellos a los que exterminaban. Para poder infundir tales sentimientos, tenía que haber una razón y ésta era la envidia. Los Líderes tenían la capacidad de lograr que los Enviados odiaran a los Elegidos porque estos habían nacido con unos dones que a ellos les habían sido negados. Era como plantar una semilla en la mente de aquellas personas y, simplemente, dejarla crecer durante su entrenamiento. Al finalizar el mismo, el Enviado era un ser despiadado, con un corazón lleno de tinieblas, adiestrado para ser mortífero cuando de realizar su trabajo se trataba, entrenado para ser el mejor de los mejores y habiendo aprendido que vivía sólo y exclusivamente para exterminar a tantos Elegidos como le fuera posible. Todo por envidia y venganza.
Los Elegidos eran seres muy puros, inocentes, no conocían la maldad extrema de los Enviados, no la comprendían. Por eso, al ser tan vulnerables, necesitaban una protección especial. A raíz de esto habían nacido los Protectores, que eran seres etéreos, con un mundo propio e inaccesible al resto de seres y que se encargaban de proteger a los Elegidos. No lo hacían de manera directa, sino que se introducían en los sueños de sus protegidos para conocerlos mejor a raíz de su subconsciente. Llegado el momento, se presentaban, reencarnados casi siempre en alguien de la misma edad que su protegido, ante el mismo y procedían a relatarle todo cuanto sabían de sus enemigos, los Enviados, y para preparar ellos mismos al individuo en cuestión y que este pudiera defenderse llegado el momento en que algún Enviado fuera a cumplir su misión.
Lucía no había podido ser completamente entrenada aún, pues era un proceso lento. Lo único que había aprendido era a cerrar su mente contra las exploraciones que solían realizar los Enviados sobre sus víctimas.
- No soy un cobarde –respondió aquel extraño, repentinamente serio-. Soy lo que soy. Lo que han hecho de mí. Soy yo. Nada más. Al igual que tú eres tú, ¿no es cierto?
Ella no supo qué contestar y volvió a bajar la mirada de sus cristalinos ojos azules hacia el suelo. Él, con su mano, obligó a Lucía a alzar la cabeza, exponiendo su cuello. Ella lo miró, suplicante. En aquellos hermosos ojos azules relucía su eterna luz blanca, llena de pureza.
De manera certera y extremadamente rápida y violenta, el chaval cogió su espada e hizo su trabajo. Lo último que pudo ver Lucía fue un destello de duda en los ojos de su asesino y, de repente, sintió un dolor tan intenso que no había palabras que pudieran expresarlo. Acto seguido, todo se volvió negro.
En algún lugar, se escuchó el agónico gemido de dolor de la protectora de Lucía, Elhaiel.
Oh!n no me gusta la ciecia ficción, sabes que soy muy bestia,muy realista,espero a ver y ya te digo OK?
ResponderEliminarEstos temas nunca me han gustado, lo sabes, no obstante, estoy intrigada.
Un besito.
Buenas noches
En breves seguirá la historia, tú tranquila.
ResponderEliminarAdemás, ya sabes que a mí los temas espirituales me fascinan xD
Te quiero bonitaaaa!! =D